Monday, December 19, 2005

Las relaciones domínico-haitianas

El surgimiento del proyecto de nación en el año 1844 sirvió de materia prima para la edificación de un memorial de distorsiones, prejuicios e incomprensiones que han marcado gran parte del ritmo de las relaciones domínico-haitianas. Inclusive, la visión y las aristas para abordar el tema de ambos pueblos está profundamente vinculado a los aspectos ideológicos que hicieron del drama haitiano un referente de sociedad inviable, y por vía de consecuencia, nación atractiva para que un segmento de la inteligencia liberal asumiera con excesiva pasión la solución del problema de la nación más pobre de todo el hemisferio.
Existen dos moldes que podrían ilustrar esa visión contrapuesta. De un lado, el poeta y luchador democrático, Jaques Viaux. Y por el otro, Jean Price Mars. Haitianos ambos, pero de posturas y roles que marcan lo arrítmico de una visión sobre el pueblo dominicano. Los haitianos no terminan de establecer reales avenidas de entendimiento en lo referente a las relaciones institucionales con nuestro país porque sectores interesados en ambos lados de la isla siguen distorsionando, dando cuerdas y pervirtiendo la posibilidad de construir una relación armoniosa entre los dos Estados.
Cada vez que la franja ultraconservadora dominicana pretende distorsionar una auténtica solución a la presencia ilegal haitiana y sus terribles consecuencias se esgrimen argumentos llenos de pasión. En ese mismo orden, los liberales tratan de descalificar a todos los que no se sienten seducidos por la retórica apasionada y proteccionista de núcleos nacionales que legítimamente pretenden resolver el drama de amplios flujos migratorios establecidos al margen del ordenamiento legal consignado en nuestras leyes migratorias.
Es una postura maniqueísta a todas luces. La izquierda siempre asumió la causa haitiana desde la perspectiva de una solidaridad por largos años de injusticias, saqueos y ejercicios gubernamentales caracterizados por desconocimiento a las elementales normas democráticas. Desde la óptica de derecha, la nación haitiana siempre ha sido la del vecino abonimable sólo factible y viable para el establecimiento de negocios de múltiples características.
En el país tenemos que aprender a despojarnos de los prejuicios y las interpretaciones antojadizas porque nos alejan de una valoración serena y justa. Haití y República Dominicana por razones geográficas tienen un destino común. Además, las manifestaciones de mayor aberración humana recaen sobre las interpretaciones étnicas desprovistas de serenidad y la Europa del Este podría ser un escenario referencial para mantener clara conciencia de cómo un conflicto de similar naturaleza convierte a Milosevic en una aberrante manifestación de ilimitado daño que genera en los pueblos las distorsiones raciales.
Los pueblos que procuran la integración de sus economías no pueden darle la espalda a las potencialidades de los mercados que, como el de Haití, representa una enorme importancia para el país. Lo inconsistente de muchos prejuicios se observan en gente que anda pregonando nuestra desgracia por la cercanía al hermano pueblo, pero sus empresas sobreviven del contrabando en toda la zona fronteriza. De igual manera, se comportan sectores de una poderosa red de entidades de la sociedad civil que someten al gobierno dominicano en instancias internacionales por implementar mediante su estructura jurídica procesos de repatriación a ciudadano/as haitianos que residen en el país de manera ilegal.
La mejor manera de garantizar un verdadero entendimiento entre ambos pueblos consiste en cerrar tantas pasiones con ribetes oficiales que siguen validando un tinglado de ideas distorsionadas respecto de la realidad de naciones que poseen un destino que para ser efectivo debe establecerse sobre la base del diálogo inteligente y desprejuiciado.
ggomezmazara@hotmail.com

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